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¿TE CUIDAS O TE PROTEGES?

¿TE CUIDAS O TE PROTEGES?

Vivimos en un intento constante de tratarnos como ya sabemos que nos tenemos que tratar. Queremos sentirnos bien en nuestra piel; en nuestro cuerpo, en nuestro trabajo, en nuestras relaciones y para ello, huimos de todo lo que no nos genera bienestar inmediato. Evitamos situaciones incómodas o fóbicas en un intento de evitar emociones “negativas”.

A veces, incluso nos enfadamos con las personas o áreas que alteran nuestro intento de equilibrio. Por ejemplo, cuando sentimos que nuestro trabajo o jefe nos exige más de lo que podemos dar, nos convencemos, hablando claro, de que el trabajo es una mierda y, nos decimos: “cuando este proyecto pase, tendré tiempo para mi, estaré mejor”.

¿Cuánto tiempo llevamos esperando a que el mundo externo no necesite de nuestra atención para poder centrarnos en nuestro mundo interno? ¿Cuánto tiempo más queremos esperar? ¿Porqué nos resulta tan difícil cuidarnos?

Uno de los motivos que observo y en el que me vi reconocida no hace tanto tiempo es que definimos lo que somos a través de las cosas que hacemos o tenemos. Como explican Stewart i Joines (2007) ya de niños probamos todo tipo de comportamientos para averiguar cuáles producen las caricias que necesitamos y, cada vez que obtenemos un reconocimiento por ese comportamiento repetimos esa conducta. Así, de adultos, nos encontramos dispuestos a amoldar nuestro comportamiento de la manera que parezca más efectiva para seguir recibiendo caricias. Usamos una brújula orientada al exterior, a complacer a los demás y no seguimos un criterio de coherencia interna. Así, nos encontramos actuando, inconscientemente, en poca sintonía respecto a nuestros valores. Un hecho que nos genera estrés, ansiedad y malestar. Cuando nos preguntamos quiénes somos (al margen de lo que hacemos o lo que tenemos) la falta de costumbre nos devuelve un eco desagradable que no podemos soportar mucho tiempo. Un vacío que nos hace pensar que quizás “no somos suficientes”, que somos diferentes a los demás. Como si en una fábrica de muñecos nosotros fuéramos ese objeto que sale con alguna tara de la que nos debemos avergonzar mientas los otros son dignos de ser deseados, de estar en el escaparate. Más de una vez he escuchado en consulta… “yo me acepto. Acepto que esta es la vida que me toca vivir, que este es el cuerpo con el que me toca levantarme cada mañana y que yo nunca me voy a gustar”. Esto es resignación, no aceptación.

En consecuencia, ante la avalancha de emociones, pensamientos y sensaciones que el eco nos genera, apagamos el interruptor. Volvemos a intentar definirnos por los que se espera que hagamos o tengamos. Volvemos a ignorar nuestra esencia, a orientar la brújula hacia fuera y a luchar por complacer las expectativas de nuestras figuras de referencia, nuestra pareja, nuestros amigos, nuestro jefe o cumplir con los estereotipos culturales. Asumimos que la única forma de conseguir satisfacción en nuestra piel tiene el precio de no ser nosotros mismos mientras dejamos al margen la paradoja de sentirnos bien siendo alguien que no somos.

Con este motor encendido, nos hacemos cargo de responsabilidades que no nos pertenecen para calmar o aliviar la avalancha de otras personas en un deseo profundo de que nuestro esfuerzo sea visto, valorado y ¿porqué no? devuelto. Damos importancia a todo menos a nosotros mismos mientras buscamos que otras personas nos nutran de ese sentimiento de relevancia que tanto necesitamos. Esperamos que el cuidado venga de fuera porque nos estamos protegiendo tanto que no tenemos energía ni tiempo para cuidarnos y podemos hasta percibir amenazantes nuestras relaciones; nos enfadamos con las personas que no nos aportan el cuidado que nosotros mismos no somos capaces de darnos y acabamos concluyendo que “el mundo es…” y “los otros son…”. Acabamos idealizamos actividades y momentos que “ya haré cuando…” mientras reforzamos la creencia de que el cuidado es algo muy difícil de conseguir. Algo que viene quizás después, después de la protección.

¿Cómo se si me estoy protegiendo?

  • Concluyo que hay algo malo en mi.
  • Desconecto o desconozco la relación entre mis sensaciones, emociones y pensamientos, por lo que me resulta muy difícil autorregularme.
  • Me siento estresada y acepto como una verdad absoluta y universal que no puedo intervenir en las acciones que dependen de mi misma (las horas de sueño, la comida…).
  • Siento que me faltan horas para lo que realmente necesito y me digo: “ya lo haré”, “da igual”.
  • Percibo que mi mente va a una velocidad incontrolable y me encuentro dando vueltas a pensamientos a los que no sé cómo he llegado. Hurgando en el pasado y fantaseando con el futuro o inmersa/o en pensamientos de los que nos cuesta mucho salir.
  • Reacciono y no respondo en mis interacciones. Estoy a la defensiva.
  • No tengo espacio para generar ideas nuevas. Para pensar en soluciones y no en problemas. • Siento que la memoria me falla y que no soy eficaz en mis tareas.
  • No habito mi cuerpo ni el presente. Siento pocas emociones, sensaciones físicas…
  • Creo firmemente que la solución está en cambiar, cambiarme o cambiar al otro.
  • No disfruto. Concibo el placer como algo que tengo que ganarme.
  • No decido. Me siento insegura soltando rutinas y apostando por nuevas experiencias que en mi interior noto que me sentarán bien.
  • Siempre priorizo las necesidades de otros o las obligaciones.

¿Cómo puedo salir de este circuito?

Lo primero es entender que todo esto que hacemos tiene un sentido. Nos ayuda a mantener un equilibrio emocional. No lo hacemos para sufrir voluntariamente ni para complicarnos la existencia. Quizás, mediante una mirada amable, podemos revisar las fortalezas que nos ha permitido desarrollar nuestro entorno y las carencias percibidas en el mismo mientras nos responsabilizamos de desarrollar los recursos que cubran nuestras necesidades actuales.

Lo segundo es darnos la oportunidad de aprender, de descubrir la relación que hay entre nuestros pensamientos, nuestras sensaciones y nuestras emociones dejando a un lado la idea de que tenemos que saber cuidarnos instintivamente. De la misma forma que no nos exigimos hablar un idioma sin haberlo estudiado nunca ¿porqué deberíamos saber cuidarnos? Lo único que nos proporcionan nuestros instintos es protección, supervivencia, no cuidado.

En tercer lugar, tenemos que tener en cuenta que nuestras motivaciones están guiadas por emociones. Que cuando percibimos éxito en nuestras metas tenemos una descarga de emociones positivas mientras que cuando encontramos obstáculos experimentamos emociones basadas en la amenaza. Como explica Panksepp (Citado en Gilbert, P. (2014), hay tres sistemas principales que interactúan regulando la emoción:

El primero, frecuentemente nos orienta a logros y se manifiesta en conflictos de aproximación/evitación –

entendemos por conflicto de aproximación evitación situaciones que nos generan ambivalencia. Por ejemplo: el odio al trabajo y la necesidad de ganar dinero o el hambre y la dieta-. Aludiendo a la explicación del principio, sería el sistema del hacer para tener y así poder ser. Un funcionamiento que es adaptativo pero que nos perjudica si predomina de manera indiscriminada. Así, cuando funcionamos desde este sistema, puede que nos sintamos agitados y ansiosos por las discrepancias entre lo que necesitamos y creemos que necesitamos. Una diferencia que si ignoramos acaba por bloquear dicho sistema. Una obstrucción que se cobra vida cuando nos desentendemos de la meta con mensajes como “yo no puedo” “eso no es para mi” “no soy suficiente”.

El sistema de protección constituye un “modus operandi” que funciona bajo el mantra “mejor asegurarse que lamentarse”. Cabe destacar que este sistema es el sistema al que nuestro cerebro le da mayor prioridad pues evolutivamente nos hemos desarrollado para la supervivencia, no para la felicidad. Se activa en respuesta a la saturación del primero. También al sentir que un acontecimiento se repite o para buscar protección y seguridad. Por ejemplo; entramos en él cuando negamos nuestra hambre y nos imponemos una dieta o cuando nos sentimos tristes y nos aislamos anhelando, aún más, el contacto social o la intimidad con uno mismo, con los otros y con el mundo que nos rodea. En resumen, cuando descontamos nuestras necesidades. Cuando ignoramos inconscientemente información relevante para la solución del problema y nos imponemos acciones. Así, cuando es este motor el que guía nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras emociones y nuestra conducta, vivimos con las antenas desplegadas buscando señales de amenaza para anticiparnos a las mismas, para protegernos. Nos encontramos con reacciones defensivas y nos cuesta sentir afecto por nosotros mismos y por los otros. Por ello, es normal que seamos más sensibles a la autocrítica, a las preocupaciones, a los pensamientos dañinos… que a las situaciones agradables que nos suceden en el día a día. Y por ello también es imprescindible poder detectar y compensar el mismo aceptando su presencia, su función y su activación. ¿Cómo?

El sistema de seguridad y cuidado nos da la oportunidad de regular la intensidad de los anteriores cuando no nos son útiles. Es el sistema que da sentido a los anteriores e integra la función de los mismos sin que nos dejemos arrastrados por ellos. Su desventaja principal es que es el único sistema que debe ser encendido conscientemente. Su mayor beneficio es que nos aporta perspectiva, equilibrio y coherencia interna. Así, la solución no pasa por luchar en contra de los sistemas anteriores sino por balancear los tres sistemas de regulación de los afectos .

¿Cómo se activa?

Con la práctica constante enfocada a hacernos expertos de nosotros mismos. Buscando orientación con nuestra brújula interna (y no con externa). Personalmente las herramientas que a mi me han ayudado y me ayudan a activar y mantener activo el sistema de cuidado son, principalmente; la psicoterapia, la meditación y el yoga. Recursos que me enseñan a:

  1. A reconocer mi percepción e interpretación del mundo sobre estimula mis sistemas de búsqueda de incentivos y amenaza creando un caos entre mi necesidad de conexión y mi empeño en la comparación social.
  2. A percatarme que todos estamos aquí con este complicado cerebro creado a lo largo de millones de años. A no culpabilizarme.
  3. Tomar distancia de mis pensamientos, emociones y sensaciones para poder observarlos sin dejarme arrastrar por el contenido crítico de los mismos. Ver que tengo pensamientos, emociones y sensaciones pero que no soy esas emociones.
  4. A escuchar, acoger y dar lugar a los mensajes que me envía mi cuerpo. A la información, tan valiosa, que me proporcionan mis pensamientos, mis emociones y mis sensaciones.
  5. A validar y confiar en mi intuición asumiendo que solo yo puedo descubrir lo que necesito.
  6. A ser la protagonista de mi vida en esto de atender y cubrir mis necesidades. No desde un punto de vista individualista, pero si responsabilizándome de mi bienestar y entendiendo que los otros también tienen sus tareas internas y que no pueden leer mi mente, adivinar mis expectativas y darme lo que necesito cuando yo misma, principial interesada, no lo estoy haciendo.
  7. A asumir que tengo derecho a pedir ayuda, apoyo, consuelo y compañía y que lo otros tienen el mismo derecho a decidir si están disponibles sin que esto tenga implicaciones en lo relevante o irrelevante que soy en su vida.
  8. A integrar que la ansiedad, la ira, el disgusto y la tristeza, forman parte normal de mi repertorio emocional. A entender que mis intentos de evitar estas emociones son tan absurdos como querer amputarme un brazo, una pierna o un órgano porque me duele.
  9. A diferenciar la tristeza de la depresión y el miedo de la ansiedad. A no patologizar mi vida interior. Mis indicadores saludables.
  10. A atender mis emociones de la misma manera que atendería un corte profundo en mi piel: observando, con cuidado, desinfectando y haciendo las curas necesarias.

En definitiva, este sistema se desarrolla asumiendo la responsabilidad de observar como nuestros tres sistemas trabajan para nosotros, aceptando que no tenemos la culpa de cómo funciona nuestra mente pero sí tenemos el poder y la responsabilidad de entrenarla. Entendiendo que la mente es como un jardín que si no atendemos cortando las malas yerbas y plantando flores bonitas, estará más feo.

¿Qué ocurre si no me responsabilizo de nutrir mi jardín?

Si no incluimos las conductas de autocuidado nuestro cuerpo de manera natural va a buscar herramientas para equilibrarse. Ante el estrés, el miedo y la angustia, va a buscar la calma. ¿Como? con la comida, con el abuso de sustancias, con una práctica excesiva de deporte que me permita estar tan cansado que no pueda sentir las emociones… con el motivo que probablemente te lleva a pedir ayuda.

No hace falta hacer cosas extraordinarias. Por ejemplo puedo ducharme rápido para ir a trabajar o puedo hacer de la ducha un momento de cuidado estando presente, nutriendo mis sentidos; notando el impacto del agua en mi piel, el sonido que produce esa pequeña cascada de agua al encontrarse con el suelo, oliendo ese jabón que tanto me gusta, valorando el tiempo y dinero que he invertido en él… aparcando la tendencia a convertimos actividades placenteras en obligaciones por la inercia a valorarnos por lo que hacemos o por lo que tenemos y no por lo que somos. La clave reside en la intención. No en la acción.

Para concluir, quiero repetirte que el cuidado no es un capricho. Es una actitud que nuestro sistema necesita igual de importante que el sueño. También quiero ayudarte a diferenciar que cuidarse no es sentir lástima por uno mismo y quedarse pasivo ante los mantras “yo soy así” “el lunes empiezo”. Es alejarse de las prohibiciones y mirar hacia dentro en busca de los objetivos, los valores, y las acciones que sentimos que encajan en nuestro interior. Y sobre todo, cuidarse es practicar el cuidado. Vivir experiencias y crear activamente espacios, acciones y pensamientos adaptativos y coherentes con nuestros objetivos y necesidades presentes.

Si no sabes o si te pierdes pasando de la teoría a la practica, tranquil@. Tu incertidumbre y tu confusión son muy normales. Yo también he aprendido y estoy aprendiendo de adulta y es uno de los aprendizajes de los que estoy más orgullosa. Me encantará descubrir a tu lado qué elementos componen tu sistema de cuidado. Puedo acompañarte.

Estefanía Bengoa

Gilbert, P. (2014). Terapia centrada en la compasión. Editorial Desclée de Brouwer.

Stewart, I., & Joines, V. (2007). AT hoy: una nueva introducción al análisis transaccional. CCS.

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