Comiéndome mis emociones

Imagino que comerse las emociones no tendría nada de malo si supieran a chocolate, o a mandarina, o a patatas fritas,  pero no es el caso. Tampoco tendría nada de malo, si con comerse las emociones, éstas desaparecieran o mejor aún, pudiéramos expulsarlas a nuestro antojo. Pero no es el caso.

El caso es que cuando más emociones comes y menos expresas, tu boca peor sabe. Sabe a resentimiento, a frustración, a rabia, a tristeza, a desamor. Y eso, no sabe nada bien.

Me gusta imaginarme a las emociones que no expresamos como una bola en nuestro estómago, una bola muy pesada. A más tragamos, más indigesta y empalagosa se vuelve. Y cuando ya la bola pesa demasiado, tanto que nuestro estómago no es capaz de aguantarla, se nos escapan eructos disfrazados de queja, juicio y exculpación. 

Si me trago mis emociones, quizá significa que no confío lo suficiente en mi criterio y le doy más poder e importancia al resto de criterios u opiniones. Y si hago eso, no me estoy responsabilizando de mis emociones, de mi vida y por lo tanto, la culpa la tiene él, o ella, o la sociedad o la vecina de arriba. La cuestión es que me siento presa de algo que no sé muy bien lo que es pero pesa mucho.

Mi próposito

Empieza tomando conciencia de cuándo te estás o no tragando una emoción. Para ello tendrás que realizarte varias preguntas y escribirlas en tu diario. ¡Porque sí! Espero que YA tengas un diario.

  • ¿Qué ha sucedido? Personas implicadas.

  • ¿Qué he pensado? ¿Qué he sentido?

  • ¿He actuado con coherencia en base a lo que sentía y pensado? (tu respuesta ante la emoción).

  • ¿Me he tragado la emoción o le he dado cabida en mi?

Por ejemplo, imagina que llegas a casa y que tu pareja te contesta de una manera que no te gusta. Sientes la frustración, o la rabia o el enfado y como no te gusta, la reprimes comiendo o realizando cualquier otra actividad que te haga desconectar. Y así dejas de enfrentarte a eso que tanto temes, responsabilizarte de ti.

Y quizá, sólo quizá, si tuviéramos más conversaciones, de esas que expresan emoción, las relaciones serían más sinceras, coherentes y no pesarían tanto. Pero no te exculpes, eres tú quien no expresa la emoción. Tú debes responsabilizarte de ella y darle cabida para dejarla ir.

Las emociones llegan para comunicarnos algo, así que no te las comas y escúchalas. 

Porque si la emoción llega, no es para quedarse, sino para informarnos y cuando es, se diluye. Y eres tú quien se la traga y no deja que fluya. Así que no culpes al resto.

Así que empieza tomando conciencia con ésta actividad. Si la realizas regularmente, poco a poco te irás dando cuenta de cómo te relacionas con tus emociones. Si desde la aceptación y compromiso de atender aquel mensaje que te está mandando. O de rechazo y por lo tanto, devolviéndolas de donde venían, de nuestro interior.

Y si algo tienen las emociones, es que existen para que las podamos compartir, no para que nos las comamos. Porque cuando las expresamos, las emociones saben a fresa, a escucha, a chocolate, a compasión, a nubes de algodón, a compromiso. Y saben tan bien que ya no necesitamos nada dulce para tapar nuestro sabor amargo y acibarado.